viernes, 9 de noviembre de 2012

EXCURSIONES Y SAND FLIES




Volvemos a estar por aquí para escribir la última actualización desde el Lake Paringa, ya que el viernes nos vamos a Omakau, en Central Otago.

Pasadas ya dos semanas desde nuestra llegada a Lake Paringa podemos decir que hemos hecho unas nuevas amigas. La verdad es que no nos costó nada iniciar esta relación, al contrario. Son famosas en Nueva Zelanda, sobre todo en West Coast (también llamada, como nos recordó Òscar, Wet Coast).

Investigando un poco resulta que también son famosas en el mundo entero, pero por algún motivo aquí se lo tienen muy calladito (algo parecido a lo que hacen en París con la lluvia). En fin, nuestras nuevas amigas son las SAND FLIES. ¿Las Spice Girls de las antípodas? No. Son la variedad neozelandesa de mosca negra.

Podéis buscar en Internet, la Encarta (qué tiempos aquellos) o la Enciclopedia Salvat alguna definición y descripción científicamente aceptable de lo que es la mosca negra de Nueva Zelanda. Por lo que respecta a nosotros las sand flies no deberían ver un nuevo amanecer.

Son una especie de minimoscas alargadas y violentas como un chihuahua desequilibrado que necesitan nuestra sangre para poner huevos, como lo mosquitos, pero que no pican como ellos, sino que muerden y chupan la sangre que brota a borbotones (una gota pequeñita) de la herida. La parte positiva de su mecánica de picado es que no pueden morder a través de la ropa, por lo que si vas abrigado sólo debes preocuparte de las manos y la cara. La parte negativa es que la picada duele, por eso de que muerden, y pica un montón; podemos decir que piquiduele mucho.

Las sand flies están presentes en todo Nueva Zelanda pero en la costa oeste (West Coast y Fiordland sobre todo) hace años que han alcanzado el nivel de plaga. Se reproducen en lugares húmedos, cerca de lagos o de la playa y en las proximidades de los bosques semitropicales. Aquí tienen de media 700 mm de lluvia al mes, estamos a las orillas de un lago enorme, a diez minutos de la playa y rodeados de bosque semitropical. Buen caldo de cultivo.

Afortunadamente las sand flies alcanzan la madurez reproductiva antes de desarrollar algo parecido a un cerebro así que no es difícil ajusticiarlas. Otra característica curiosa de este error de la naturaleza es que la noche las confunde: mientras un motón de insectos intentan entrar en la casa al anochecer, ellas intentan salir y acaban suicidadas contra los cristales de las ventanas. Por las mañanas hay que limpiar centenares de cadáveres con el aspirador, que por cierto se llama Henry, así que ya os podéis imaginar a quién le toca usarlo.

Como una imagen vale más que mil palabras ponemos un par de fotos de las piernas de Marina.




En una de las excursiones que explicamos más adelante había que cruzar un río a las bravas: al ir nos quitamos las botas y los calcetines, nos arremangamos los pantalones y cruzamos. La experiencia fue algo parecido a la primera media hora de “Salvar al soldado Ryan”, donde se representa el desembarco de Normandía. A la vuelta, escarmentados, decidimos que íbamos a ir más a las bravas todavía y pasamos sin quitarnos las botas, únicamente nos arremangamos los pantalones durante unos dos minutos para cruzar la parte más profunda. Yo, al ser mosquito paranoico tengo práctica en minimizar los riesgos de ser picado: crucé moviéndome como si tuviese pulgas en los calzoncillos, gritando como una folclórica a la que le ha abandonado su torero y fui rapidísimo. Marina, al no tener problemas con los mosquitos no ha desarrollado de forma adecuada su instinto de supervivencia mosquitil. Ahí están las secuelas.

En otro orden de cosas, hace unos días tuvimos un tiempo muy ventoso en la zona del lago Paringa. Teníamos pensado pasar la tarde viendo películas en la habitación (la hija de Ken y Mata suele viajar a Bali por trabajo y acostumbra a traerles un motón de DVD, lo que Ken llama nuestras “English lessons”) hasta que Ken nos sugirió que fuésemos a la playa ya que ahí habría más viento y el estado del mar (Tasman Sea) sería interesante.

Fuimos a la playa de Ship Creek. El viento era tan fuerte que levantaba la arena de la playa y el agua del mar de tal modo que parecía niebla.



El mar, en ocasiones azul, verde, negro… era blanco y la espuma era tan densa que al tocar tierra se separaba del agua y quedaba en la orilla como si fuese nieve.




Para estar más o menos a gusto había que ir tapado completamente ya que los granos de arena golpeaban con mucha fuerza. Anorak, gorro, buff, gafas…



En cuanto a lo de hacerse fotos… no era misión imposible pero sí misión difícil. El viento era tal que dificultaba las tareas tanto del modelo como del cámara. Así la escena era uno de los dos intentando estar quietos delante de las olas y el otro intentando mantener la cámara quieta para que la foto no saliese movida.




La verdad es que Ken tenía razón, como siempre, pero el viento era tal que no pudimos estar ahí más que diez minutos.



En cuanto a actividades más mundanas, hemos salido a pasear por la carretera. Pues menuda gracia, ¿no? La verdad es que lo divertido es que Ken nos hizo tomar precauciones porque dice que aquí la gente conduce muy mal.



En referencia al kayak (¡Es un palíndromo!) seguimos saliendo por las mañanas, a veces incluso antes de que  la bruma nocturna se disipe. Somos unos valientes.



Hace unos días unos cazadores que se alojaban en el lodge nos comentaron que había una excursión muy interesante justo antes de llegar a Fox Glacier. Consiste en seguir el curso del río Copland hasta un refugio del DOC (Departamento de Conservación de Nueva Zelanda) que está al lado de unas fuentes de agua termal, justo en la falda de la sierra del monte Cook.

Nos comentaron que en principio se tarda siete horas en llegar al refugio, pero que si íbamos rápido se podía hacer en menos tiempo; además, dijeron, como sigues el curso del río el trayecto es bastante llano. Lo que hace la gente, los que saben que esto existe porque no lo publicitan nada, es ir, dormir en el refugio y volver al día siguiente.

Es difícil tener un día de sol por estos lares así que nosotros, valientes, decidimos que haríamos la excursión en un solo día. Esto también nos facilitaba la combinación con el trabajo en el lodge.

El día señalado por la buena meteorología nos levantamos prontito, cogimos los bocatas y nos dirigimos hacia el río Copland.

Al llegar al aparcamiento nos encontramos con advertencias sobre posibles crecidas de los afluentes del Copland, diversos tramos con desprendimiento de rocas, zonas imposibles de salvar si llueve… todo esto aderezado con la señal en la que especifican que el trayecto es de 17 km y que se tardan 7 horas en recorrerlo. Nosotros teníamos que hacer los 17 km de ida, bañarnos en las fuentes de agua termal y hacer los 17 km de vuelta.



El camino fue espectacular; siempre bordeando el río pero sólo viéndolo en ocasiones.




El agua del río era de un azul muy intenso, fruto de la gran cantidad de sedimentos que los glaciares generan y los ríos recogen. Dichos sedimentos son muy finos y los hay en tal cantidad que trabajan a modo de espejo y reflejan el cielo, por eso en un día soleado el río es tan azul.




En cuanto a la cantidad ingente de riachuelos afluentes del Copland, los hay que hay que pasarlos a las bravas y los hay que hay que pasarlos… con valentía. Los afluentes anchos o muy angostos se cruzan mediante cuatro cables de acero envueltos por una malla, todo eso formando algo más parecido a un paso tibetano que a un puente colgante en condiciones.




La verdad es que cruzar esos puentes te hace sentir un aventurero y eso está muy bien.




Después de casi cinco horas de caminar a paso de legionario llegamos al Welcome Hut, que es donde están las aguas termales. Como lo normal es hacer noche allí, cuando llegamos nosotros no había nadie así que tuvimos las piscinas para nosotros solos… y las sand flies también.



Hay varias piscinas naturales cuyo lecho es de fango muy fino y claro. El agua estaba prácticamente hirviendo en algunas y muy caliente en otras. Marina fue metiendo el pie en todas las piscinas hasta que encontró una cuya temperatura era tolerable y allá se quedó como Jesusa Gil, sin las Mama Chicho por eso.




Yo soy algo más sensible al agua a punto de hervir así que me costó algo más meterme, de hecho estuve a punto de no bañarme, pero después del tute para llegar hasta ahí…




En fin, nos bañamos unos diez minutos siguiendo las indicaciones de seguridad de no meter la cabeza debajo del agua a menos que quisiéramos coger meningitis, en medio de montañas nevadas de la sierra del monte Cook y al lado de un río glaciar. No está mal, ¿no?



La vuelta pretendíamos hacerla al mismo ritmo de marchadores nórdicos dopados pero nuestras drogas (muesli con yogur) no darían ni para el Prólogo del Tour, así que volvimos mirando el paisaje, por eso de disimular el cansancio…




Esta tarde Mata nos ha llevado al centro espiritual de su tribu (es maorí) en Bruce Bay. Hemos visto kiwis disecados, tótems de madera, tallas en piedras azules y verdes… todo muy bonito e interesante (no tenemos fotos). Los maoríes, al contrario que los aborígenes australianos, nunca han sido perseguidos y son respetados por la sociedad neozelandesa.

Lo vamos a dejar aquí que Ken está preparando una barbacoa de venado. Mañana nos esperan unos cuantos quilómetros hasta nuestro próximo destino… y conduce Marina.



Enrique & Marina

1 comentario:

  1. Supongo que con las frutinhadas que Enrique se pone de antimosquitos no le habrá picado ni una mosca!! (Más le vale) Además MaRiNa le hace de cebo :P Por lo demás me sorprende que el señorito se haya bañado en esas aguas inmundas.. El hemisferio te cambia!!
    Marina!! Has crecido??! en la penúltima foto parece que hayas pegado un estirón :P

    Un abrazo a los dos!!

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