sábado, 21 de febrero de 2015

EARNSLAW BURN

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Comparado con el año pasado estamos teniendo un verano estupendo meteorológicamente hablando. La temperatura es agradable e incluso hace algo que parece calor (los nativos del lugar creen estar en el infierno cuando la temperatura sube de 20 grados) de vez en cuando.




Estamos teniendo una racha espectacular de días soleados y hace mucho que no tenemos huracanes. Así que, a diferencia del año pasado, estamos haciendo tantas excursiones que se nos acumulan las actualizaciones del blog: ya no podemos empezar escribiendo “el fin de semana pasado” o “antes de ayer” porque cuando leáis esta entrada ya hará un mes de los eventos en ella descritos.




Empezamos pues, de una forma algo más general que de costumbre, en un caluroso día indeterminado de verano austral del pasado mes de enero en el que Marina y yo decidimos irnos de excursión a ver el glaciar del Mount Earnslaw siguiendo el curso del río fruto de su deshielo, el Earnslaw Burn.



Hace ya bastante tiempo intentamos hacer esta misma excursión pero no fuimos con el convencimiento suficiente (la web del DOC la marca como de 4-6 horas de ida y no especifica las de vuelta) por lo que nos dimos media vuelta al cabo de poco rato. Esta vez planeamos la aventura un poco mejor y, lo más importante, vimos algunas fotos de lo que nos esperaba al final del camino. Este detalle es importante ya que las 4-6 horas que marca el DOC es lo que se tarda en llegar al valle del Earnslaw Burn, lo que se tarda en llegar hasta el glaciar lo dejan ya de propina.



El camino empieza en un bosque semiespeso de hayas que no se tarda mucho en abandonar. Se llega entonces a una ladera de montaña cubierta de hierba altísima que esconde riachuelos fangosos puestos ahí a traición. Se tarda unos cinco minutos en atravesar. Una vez pasados estos dos tramos, que en total representan menos de un cinco por ciento del total de la excursión, toca adentrarse en el bosque.



El camino serpentea arriba y abajo a través de hayas enormes, helechos y arbustos nativos de Nueva Zelanda, cruza un par o tres de ríos y te obliga a gatear, saltar y trepar árboles caídos y raíces sobredimensionadas que aparecen por sorpresa entre el barro negro de lo que suponemos era el sendero. Y así durante algo más de cuatro horas.




Marina y yo empezamos a caminar decididos a eso de las 10 de la mañana y hasta casi las dos no conseguimos salir del bosque. Afortunadamente el paisaje que nos encontramos era espectacular. Un valle glaciar rodeado de montañas con paredes verticales de las cuales se descolgaban infinitos saltos de agua.



Decidimos apretar el paso y seguir caminando bordeando el río hasta tener buenas vistas del Mount Earnslaw, la única montaña con nieves perpetuas que se ve desde casa.



El valle por el que caminamos es espectacular pero tiene una pega terrible: está plagado de gramíneas, que le dan alergia a Marina. Terrible. Afortunadamente tiene unas pastillas que le echan un cable cuando el polen se propasa con ella, pero claro, todo tiene un límite y Marina no quería dar positivo en el antidoping.





En fin, llegamos hasta donde nuestras piernas nos dejaron y nos dimos la vuelta pensando ya en volver con Joan, Èlia, Pol, Judit y los bártulos de acampar. Eso sí, entrado ya el otoño para que las gramíneas dejen a Marina tranquila.




Ya de vuelta, y antes de volver a adentrarnos en el bosque oscuro, nos zampamos un bocadillo como Dios manda cada uno (nada de pan de molde como hacen aquí) en unos menhires que Obélix debió dejar por aquí tiempo ha.




Volviendo al coche nos encontramos a una pareja de checos grandotes que iban a acampar en el valle y que debían llevar en la mochila hasta un sillón orejero. Nos cruzamos también con un grupo de cuatro zoquetes que iban con zapatillas de tela y tejanos y que, al decirles que les quedaban más de tres horas para salir del bosque, no nos creyeron. Domingueros. Y ya para acabar nos encontramos con un grupo de seis señoritas que no tuvieron una mejor ocurrencia que pararse a cenar en una curva del camino, sentadas en el barro. Estas últimas parecían locales así que suponemos que sabían que todavía les quedaba el Tourmalet y hasta el Angliru.



Nosotros llegamos sanos y salvos a casa un poco antes de las ocho, a tiempo para cenar como campeones y descansar las piernas, que ya las íbamos notando.

Enrique & Marina
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EARNSLAW BURN



If compared with the last summer, this year’s is being amazing weather-wise. Temperature is usually pleasant; sometimes we feel something similar to heat (Glenorchy natives think they’re like in hell if the temperature reaches above 20 degrees). But this only happens sometimes.




We’re getting lots of sunny days in a row and it’s been a while since the last serious hurricane-type winds. Despite last year, we’re going hiking so often that we can’t keep up with writing about all of them and Enrique’s got a “to do” list full of posts. Now he can’t write, “last week” or “the day before yesterday” because it’d be about a month since the actual day when you guys read the post.




So we’re going to be very general here. One hot(ish) day of the Austral summer that last January Enrique and I decided to explore Mt. Earnslaw glacier following the burnt with the same name formed with the thaw of the ice.



We attempted to walk that track before but we didn’t get to the end as we weren’t sure about how long it’d take us (the DOC site only says between 4-6 hours one way) and the ground was very wet and muddy that time. Then, we turned around after a wee while on the path and back home. This time, we had some more information about the way and about what will be at the end. Enrique googled some pictures of the bottom of the glacier. However, and that’s an important note, the time that DOC specifies is how long it takes to the Earnslaw Burn valley, from there to the glacier and the rock circus beneath is up to your skills finding the shortest way.  



The path starts on a beech forest that ends pretty soon. Then, you walk on a hillside covered with overgrown grass and several little creeks treacherously hidden under the scrubs. It only takes about five minutes to cross this part. After these two parts (which mean less than the five per cent of the track) the trail runs through thick beech forest.



The tramp walks up and down between huge beech trees, ferns and other native bush. A few not very wide creeks should be crossed and several fallen tree trunks need to be jumped, climbed or dodged crawling underneath. Also, lots of massive plant roots cross the path half hiding in the black mud covering the ground. And it was like this for about 4 hours.




Enrique and I started walking by 10 in the morning and we didn’t get out of the forest until around 2 in the afternoon. But the sight in front of our eyes paid off the boring way. It was an old glacial valley surrounded by vertical mountain walls and hundreds of waterfalls hanging every 50 meters from each other.



Once in the valley, we decided to walk further a bit faster and see if we could get better views of the lower part of Mt. Earnslaw, the only mountain in the head of the lake that keeps a decent quantity of snow all year around.



The valley itself is amazing since right the beginning but it’s got a serious inconvenient for me: all the plants growing there are the type of grasses that cause me very bad high fever. Terrible. Lucky I was carrying my allergy pills that helped a bit. However, I kept sneezing and my eyes stayed sore all the way back and until the next morning.





Anyway, we walked until it was time to come back and we turned around already thinking about coming back with Joan, Èlia, Pol, Judit and the camping gear. But maybe better at the beginning of autumn so my high fever won’t be that bad. I’ll take a ton of allergy pills anyway to be safe.




On our way back but just before entering the thick forest again, we ate two damn good sandwiches (made with real ciabatta bread) while sitting on a menhir that Obelix the Gaul left there for trampers to have a rest.




Going back to the car we met a couple from the Czech Republic who was going to camp and spend the night in the valley. Their backpacks were so big that I’d say they were even carrying the lounge couch. Nearly at the end we also met four backpackers hardly carrying any gear and wearing jeans and city shoes (our gaiters and boots were totally covered with mud). Almost breathless, they managed to ask how long to the waterfall.  And they didn’t believed us when we told them that they still had about three hours to get to the end of the forest and then after that it was up to them how far they wanted to go to see more waterfalls and camp. Classic teenage backpackers. And finally, at around 6 pm when we only had to walk for half an hour or so to the end, we found a group of six ladies having dinner and sitting on the mud on a bend of the way. They had all the gear and looked like locals, so we guess they knew that they still had to walk for hours to get to the valley, the only place where they could camp.



Anyway, we got home safe and sound a bit earlier than eight, just in time to have some dinner and give our legs a good rest until the next day.

Enrique & Marina

viernes, 13 de febrero de 2015

AORAKI / MOUNT COOK NATIONAL PARK – HOOKER VALLEY Y TASMAN GLACIER

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El día después de nuestra ascensión hasta el Mueller Hut decidimos tomárnoslo con algo más de calma, decisión que el viento no compartió por lo que se dedicó a soplar con todas su fuerzas. Por lo menos hacía sol.




Empezamos el día caminando por el Hooker Valley, uno de los senderos más populares del parque nacional. Los del DOC tienen un caminito montado a través del valle que parece una autopista que, ahora en verano, está llena de chinos excursionistas. Estos chinos son distintos de los chinos que visitan ciudades porque, al no llevar viseras de plástico transparente, máscaras antiébola, guantes y un guía con paraguas, van algo más relajados e incluso saludan.



El camino transcurre a través de la típica vegetación subalpina de Nueva Zelanda y tiene un par de los típicos puentes colgantes que siempre encontramos por aquí. En este caso los puentes salvan el río Hooker, que es un río glaciar con un agua tan blanca que parece un batido de plátano.




Entre la velocidad a la que baja el agua y el viento que hacía, cruzar los puentes fue toda una experiencia extrema. Este es uno de los encantos peculiares de Nueva Zelanda: cuando la climatología es adversa las actividades al aire libre se convierten en mucho más interesantes. Ciertamente si vas a cruzar unos rápidos utilizando un puente colgante apetece un poco de marcha, para paseítos uno puede irse a cruzar los puentes de Madison con Clint y Meryl.



De camino al lago que se ha formado en el extremo del Glaciar Hooker debido a su rápido retroceso nos encontramos con el Alpine Memorial. Es una construcción de piedra en la que se rinde homenaje a los alpinistas fallecidos en el parque nacional, en la mayoría de casos ascendiendo o descendiendo el Mount Cook. Hay una plaquita de hierro por persona con el nombre, la edad, fecha, causa y lugar de la muerte. No contamos las placas, pero hay muchas. A pesar de no ser una montaña muy alta (menos de 4000 m), el Mount Cook representa un gran reto para cualquiera que quiera escalarlo.




Finalmente conseguimos llegar al Hooker Glacier, que está justo debajo del Mount Cook, que está en medio de un montón de nubes. A veces pensamos que el Mount Cook es un poco como las meigas, que haberlas las hay, pero nadie las ha visto. Esto tiene una explicación.




Prácticamente la totalidad de las perturbaciones atmosféricas (tormentas y vientos) se acercan a Nueva Zelanda por el oeste. La Isla Sur se encuentra divida longitudinalmente por su columna vertebral, la cordillera de los Southern Alps o los Alpes Neozelandeses. Esta cordillera se encuentra muy cerca de la costa oeste, por lo que los vientos entran a tierra desde el Océano Pacífico y automáticamente chocan con las paredes verticales de más de 3000 m de altura de los Alpes. Las perturbaciones se deslizan por el extremo oeste de la cordillera ascendiendo hasta las cumbres y rebotando hacia atrás como una ola en una escollera, generando enormes nubes que cubren la costa oeste de la isla.



Este fenómeno es el causante de la gran diferencia climática que existe entre la costa este y la costa oeste de la Isla Sur: ambas se encuentran separadas por menos de 200 km, pero la costa oeste de la Isla Sur es la región con mayor precipitación anual del país (entre 6000 y 10000 mm) mientras que la costa este es la más seca (menos de 400 mm). Nueva Zelanda es también conocida como el “país de la nube blanca” debido a este fenómeno atmosférico. Muy interesante.



Una vez visto el Hooker Glacier decidimos ir a comer al Tasman Glacier, el glaciar más largo de Nueva Zelanda con 27 km de longitud. Como todos los glaciares, está retrocediendo a marchas forzadas, por lo que en el lago que se forma en su extremo inferior (Lake Tasman) hay impresionantes icebergs (léase áisbers).



Hemos tenido suerte de poder ver este glaciar ya que su retroceso se ha acelerado mucho desde los años 90, alcanzando una media de 1 km anual de retroceso. Se estima que desaparecerá por completo dentro de unos 10 o 20 años. Esto no es únicamente culpa del “camibo climático” sino que está relacionado con el gran terremoto de 2011, que precipitó 40 millones de toneladas cúbicas de roca y tierra sobre el Lake Tasman que generaron tsunamis de casi 4 m de altura que erosionaron la parte inferior del hielo del glaciar, acentuando su retroceso.

Ya de vuelta a casa paramos en Cromwell, pueblo famoso por sus melocotones, albaricoques, nectarinas, cerezas y ciruelas. Compramos albaricoques con los que Marina ha hecho conservas y unos cuantos melocotones que, a pesar de estar riquísimos, no alcanzan el nivel de los melocotones de Calanda.

Enrique & Marina
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AORAKI / MOUNT COOK NATIONAL PARK – HOOKER VALLEY AND TASMAN GLACIER



The day after the Mueller Hut expedition we decided to go for something a bit more relaxed. Moreover, the wind didn’t agree with our decision and was blowing like crazy from all directions. At least it was very sunny.




We started the day walking through the Hooker Valley, one of the most popular walking tracks in Mt Cook National Park. The DOC has a well looked after path crossing the valley that now in the summer seems like a highway full of Chinese tourists. This type of Chinese tourist is a different sub-type than the ones visiting cities because they don’t wear translucent plastic caps, anti-Ebola masks, gloves and they don’t follow a guide carrying an umbrella. This is a more relaxed type and they say hello when you walk past them.



The track crosses the classic sub-alpine flora of New Zealand and there’re a few of these typical hanging bridges that DOC builds to cross fairly big rivers. This time the river to be crossed is called Hooker and its water is so white that looks like a banana smoothie with bubbles and everything.




Between the speed of the water flow and the extreme wind, crossing the rivers almost became a risky experience. This is probably one of New Zealand’s charms: when the weather is bad, any outdoor activity becomes a mission, even taking the wheelie bins down the driveway. 



On the way to the lake formed by the melting and recoiling process of the Hooker Glacier we found the Alpine Memorial. This is a stone construction to honor those mountaineers who died in the National Park, in most cases, on their attempt to climb Mt. Cook. There’s a metal plaque per person with their name, age, the date and cause and place of their passing . We didn’t count the number of them, but there were lots. Although Mt. Cook is not a very high mountain (less than 4.000 m), it’s considered a serious challenge even for well experience climbers.




Finally, we managed to get to the Hooker Glacier, located just under Mt. Cook, always covered with one or other cloud. You could think about Mt. Cook like you do about Father Christmas: you know he exists but you’ve never seen him. There’s an explanation for that.




Almost all the atmospheric alterations (mostly thunder and wind) approach New Zealand from the West. Furthermore, the South Island is divided longwise by its spinal cord: the Southern Alps. This mountain range is located very close to the West Coast, so the winds coming from the Pacific Ocean hit the 3.000 vertical walls of the Alps straightaway. Then, the meteorological effect slides down through the West side of the range climbing up the summits and bouncing down again like waves in a seawall. The final effects are massive clouds covering the West Coast of the island nearly all the time and, therefore, rain. Such character makes the West Coast of New Zealand be known as the Wet Coast.



That situation is the cause of the big difference in weather between the West and East Coasts of the South Island although they’re just 200 km a part. The West Coast is the region that gets the largest annual rainfall in the whole country (between 6.000 and 10.000 mm) while the East Coast is the driest part (with less than 400 mm). The Maori name of the country actually comes from this effect: Aotearoa or the Country of the White Cloud.



After this meteorology lecture, let’s get back again to the sightseeings. Once the Hooker Glacier was checked, we went for lunch to the Tasman Glacier, the longest in New Zealand with 27 km of length. It’s also moving backwards very quickly like all other glaciers, reason why there’s a lake forming in the lowest part of it (Lake Tasman) with icebergs floating in the surface.



We should feel very lucky to see this glacier as the backing up process is going at a very high speed and it’s been accelerating since the 90’s, reaching a speed of 1 km/year backwards. The experts estimate the glacier will be gone in about 10 or 20 years. However, this is not only due to the famous “climate change” but also related with the 2011 earthquake which was the cause of 40 million tons of rock and sand falling into the Lake Tasman. This rock fall originated several tsunamis with 4 m high waves that eroded the lower part of the glacier ice and, obviously, contributing to its damage.

Finally, on our way back home we stopped in Cromwell, town renowned for their quality stone fruit. We bought apricots that I’ve already eaten or preserved in light syrup and some peaches that are way nicer that the supermarket bought type but they’re still not as tasty as the D.O. of Calanda.

Enrique & Marina