martes, 23 de agosto de 2016

SAFARI POR EL CHITWAN NATIONAL PARK, EL LIBRO DE LA SELVA



Estábamos muy emocionados ante la perspectiva de estar todo el día relajándonos y descansando en Pokhara, una ciudad realmente buena para ello, pero al segundo día estábamos ya aburridos. Así que nos fuimos al Parque Nacional de Chitwan, hogar del tigre de Bengala (Shere Khan), elefantes (Winifred), leopardos (Bagheera), osos perezosos (Baloo), rinocerontes y demás bestias.



Partimos de Pokhara a las 7 de la mañana, esta vez desde la terminal de autobuses que estaba realmente a diez minutos a pie de Lakeside. El viaje fue muy movido y llovió durante todo el trayecto, durante el cual tuvimos que vadear un par de riachuelos. Al llegar a Chitwan descubrimos que el agua había entrado en el maletero del autobús por lo que las mochilas de Marina y Stefan estaban empapadas. La mía se salvó.



Del páramo en el que el autobús nos dejó casi siete horas después de dejar Pokhara fuimos hasta el Rainbow Safari (en la zona Tharu de Meghauli) en la parte trasera de un camión junto a una familia de chinos de la tercera edad, una pareja de chicas chinas que intentaban secar sus mochilas con pañuelos de papel y un chico japonés que llevaba atada una toalla a la cabeza.



El Rainbow Safari estaba muy bien, la habitación que nos tocó era espaciosa y tenía ducha de agua caliente, mosquitera alrededor de la cama y un ventilador. Las comidas eran estilo buffet en el que cada día cocinaban cosas distintas con la única constante del té. Los dos señores que hacían de encargados eran muy atentos y se sabían al dedillo las agendas de cada uno. La verdad es que daban mucha tranquilidad.




El mismo día en que llegamos nos fuimos a dar una vuelta con uno de los naturalistas durante la cual pasamos por los establos donde tienen a los elefantes gubernamentales que se encargan de patrullar la jungla en verano. Durante el resto del año patrullan en coche o moto, pero en verano la vegetación es tan densa que los únicos capaces de moverse por ahí son los elefantes. El gobierno tiene “contratados” a varios de ellos para que hagan las labores de vigilancia en la jungla, principalmente para evitar la caza furtiva de elefantes salvajes (valorados por el marfil) y de tigres, leopardos y rinocerontes (muy apreciados en la santería china).




Al día siguiente a las 6:30 de la mañana estábamos subiendo a una canoa para descender por el río de camino al paseo matinal por la jungla. Durante la hora de trayecto por el río pudimos ver a un par de rinocerontes bañándose, a un cocodrilo y a un montón de aves.




Una vez dejamos la canoa empezó a llover y nos introdujimos en la selva. Nos acompañaban dos naturalistas locales, el japonés de la toalla en la cabeza y un chino al que deberían sacrificar de lo tonto que era. No se contentaba con llegar siempre cinco minutos tarde, el muy avispado se vino a la selva en sandalias, pantalón corto y camiseta de tirantes. 



Os podéis imaginar el panorama: los naturalistas, el japonés, Stefan, Marina y yo íbamos vestidos todos con ropa oscura y larga, además de llevar botas de montaña, y aparece el chavalote como quien va a comer tortilla al río. A los diez minutos los tobillos le chorreaban de sangre, y no porque se fuese chocando con raíces y ramas, que lo hacía, sino por la cantidad ingente de sanguijuelas que se le adherían a la piel. El chico entraba en pánico cada vez que se veía una así que se la arrancaba y se tiraba agua de la cantimplora sobre la herida. El resultado fue que a la media hora ya no le quedaba agua, iba sangrando como si le hubiesen vaciado el cargador de una ametralladora en los tobillos y le daba un microinfarto ante cada ruido no identificado que escuchábamos, que en la selva son unos cuantos.




Estuvimos caminando por la selva durante unas cuatro horas durante las que únicamente vimos insectos gigantescos. Ni un tigre, leopardo, elefante u otro mamífero (vimos algún ciervo, eso sí) que debían andar todos en casa viendo la tele porque estaba lloviendo a cántaros.



Volvimos al Rainbow Safari donde pudimos ducharnos, comer y prepararnos para la actividad estrella: el safari en elefante.




Nos llevaron al establo donde tienen a los elefantes e hicieron grupos de entre 3 y 5 pasajeros por animal. Nos habían dicho que el safari en elefante es la mejor manera de ver a los grandes mamíferos ya que los animales de la jungla están habituados a los elefantes y no se asustan cuando los escuchan, huelen o ven. 




Lo que nadie te dice es que los chinos encuentran tan fascinante lo de montarse a un elefante que no dejan de berrear y gritarse de elefante a elefante desde que se suben hasta que se bajan. Por este motivo hasta las ballenas de Tonga sabían que había un grupo de turistas sobre excitados entrando a la jungla de Chitwan.




Lo cierto es que los chinos eran tan molestos que el jinete de nuestro elefante, visiblemente enfadado, se separó de la manada y nos llevó por un recorrido diferente. Durante nuestro rato de libertad encontramos a una manada de rinocerontes, pudiendo acercarnos mucho a uno de ellos, unos cuantos ciervos e incluso un cocodrilo al que casi pisamos.



Al finalizar el safari los chicos del Rainbow Safari nos llevaron al criadero y escuela de elefantes donde pudimos ver a un par de bebés elefante. Incluso uno de ellos, que debía haber estado comiendo más chuches de las recomendadas, se acercó a saludarnos.



Una vez de vuelta en el Rainbow Safari nos dijeron que había habido desprendimientos en la carretera por lo que al día siguiente saldríamos muy pronto camino a Kathmandú. Nos dijeron que no teníamos que preocuparnos por nada ya que antes de partir nos bendecirían y nos pintarían el entrecejo de rojo, que es infalible.



Chitwan está a unos 150 km de Kathmandú, de donde nuestro avión salía a las 21:00. El autobús salió de Chitwan a las 8 de la mañana y llegamos a Kathmandú a las 19:45. Una vez allí cogimos un taxi y sin tener tiempo ni ganas de pactar un precio razonable nos llevó pitando al aeropuerto, llegando justo cuando estaban cerrando el embarque de nuestro vuelo a Malasia, tuvimos mucha suerte.



Casi sin darnos cuenta estábamos volando de vuelta después de casi un mes de aventuras por Nepal.


Enrique & Marina

jueves, 18 de agosto de 2016

CARGANDO PILAS EN POKHARA

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En Pokhara se estaba muy bien. Hacía calor y el sol y la lluvia se alternaban constantemente. El hotel donde estábamos era cómodo y estaba perfectamente situado en el centro del distrito mochilero, a cinco minutos de la orilla del lago. Había mosquitos pero no molestaban mucho y en cuanto a sitios para desayunar o cenar, había tantos que los precios no eran abusivos como en Kathmandu. Además daban los partidos de la Eurocopa de Fútbol en directo en la gran mayoría de restaurantes.



El día posterior a nuestra llegada lo dedicamos a estar sentados en los sofás de una cafetería más típica de Bali o de Ibiza que de un país montañoso como Nepal. Estuvimos tentados de pasar así el resto de días que nos quedaban por ahí, pero se nos pasó pronto. Stefan y yo fuimos al barbero, a él le corto el pelo después de escuchar atentamente las elaboradas explicaciones del alemán, a lo que el señor peluquero respondió con un muy paciente “¿Corto o muy corto?”, y a mí me afeitó la muy poblada barba.



Una vez volvíamos a parecer caballeros aseados callejeamos por Lakeside todo lo que quisimos y más, entramos en todas las tiendas de artesanías, de mapas, de libros. de animales de fieltro… hasta que vimos lo que podía ser una de las visitas más reveladoras de todo el viaje: un supermercado.



Fue como entrar en una dimensión paralela en la que el criterio de selección de productos los ha hecho alguien sin miedo al qué dirán y sin pensar en costes de importación. 



Encontramos latas de la famosa bebida energética “Red Ball”, donde evidentemente el emblema es una pelota (ball) roja, el hecho de que la pelota tenga un toro a cada lado debe ser simple casualidad que no debe llevar a la confusión con la seguramente no tan energética bebida austríaca “Red Bull”. Por supuesto ambas dan alas.



Pudimos ver también el logo de Coca-Cola de Nepal, que da un poco igual como lo mires, si te lo tatúas en la rabadilla y le dices a la gente que contiene el significado de la vida en sánscrito antiguo te creerán.

Llegamos a la sección de patatas fritas, que acostumbra a ser una de las más divertidas de los supermercados para los extranjeros ya que, a pesar de que las marcas siempre son las mismas (Lays y Pringles, nunca hemos encontrado Matutano) los sabores cambian. 



Aquí en Nepal encontramos Lays con sabor a “Magic Massala”, “American Style Cream and Onion” que sería cebolla con crema agria y, el sabor más espectacular de todos: el español. Que uno ve “Spanish” en una bolsa de patatas y sabe que automáticamente después viene “jamón” y la figura de una flamenca dando palmas y zapateando. Pues estamos muy equivocados, el producto español por excelencia, de acuerdo a los nepaleses, es el tomate, el baile es el tango y el emblema no es una gitana vestida de lunares o un torero, es una aceitera con corbata. Así el tercer sabor de Lays que encontramos fue el archifamoso y adorado “Spanish Tomato Tango”, ¡Olé!

Al lado de la sección de patatas siempre está la de galletas. En todas las escuelas de marketing del mundo enseñan que en los supermercados las secciones de comida alta en azúcar y alta en sal deben estar juntitas, para ahorrar a los gordos la agonía de caminar largas distancias. Porque lo último que necesita el gerente de un supermercado son las quejas de gente mentándole a la madre por tener que pasar por la sección de lechugas y brécoles para ir a coger sus pastelitos favoritos después de llenar el carrito de bolsas de cheetos. Esa misma gente que llega a la cola del cajero con el carrito lleno de salchichas Óscar Mayer, pan Bimbo que sobreviviría un holocausto nuclear sin que le saliese una puntita de moho, chopped en cantidades industriales y… Coca-Cola Light. Porque clarísimamente son gente a la que les preocupa su ingesta de azúcar.



A lo que iba, en la sección de galletas encontramos el Santo Grial, algo que no hemos visto en cuatro años ni en Australia, ni en Nueva Zelanda, ni en Filipinas, Indonesia o Tonga. Galletas Gullón. Algo tan simple como galletas con crema de chocolate es imposible encontrarlo fuera de Europa, excepto en Nepal. Qué alegría.

Encontramos más delicatessen españolas como aceitunas negras sin hueso Fragata o vinagre de vino tinto Borges, pero las fotos quedaron algo movidas probablemente debido a los nervios. Por momentos estuvimos tentados de buscar una entrada a Narnia o una puerta interdimensional que comunicase directamente con la parte trasera del Bonpreu.



Antes de irnos pasamos por la sección de higiene personal, porque las esencias de los jabones también cambian entre países. Nepal resultó ser de lo más normalito hasta que llegamos a las pastas de dientes. Allí encontramos “ZACT smokers” para fumadores, que limpia un 60 % más que las pastas normales, siendo especialmente buena para la limpieza bucal de fumadores, dejándoles un aliento con esencia de menta fresca, algo que evidentemente valora alguien que se dedica a tragar humo negro.



Salimos del súper, donde además habíamos descubierto que hay rupias en monedas, no sólo en billetes, y volvimos caminando hacia el hotel (había que guardar las galletas Gullón en lugar seguro) por la orilla del lago. 



Por allí pudimos ver una de los mejores eslóganes publicitarios que se han inventado, el del tabaco Rothmans, “el mejor tabaco que el dinero puede comprar”.



Durante nuestros días en Pokhara alquilamos unas motos. No fueron caras, por 600 Rs te las dejaban usar el día entero, pero te advertían que eran ilegales. Nos explicaron que las motos privadas tenían matrícula roja, mientras que las de alquiler la tenían blanca. Por este motivo te daban ya el librito para las multas (parece ser que en Nepal la policía multa a la moto y no al motorista) y te hacían comprometerte a que si te pillaban les darías el dinero para pagar la multa. Todas las motos que vimos, excepto un par de motos de lujo (Royal Enfield ambas) tenían matrícula roja, así que todos estábamos en la misma página.



Condujimos arriba y abajo por Pokhara perdiéndonos en varias ocasiones (por muy turística que sea la ciudad, no hay mapas) y pasando por delante de policías constantemente sin que ni siquiera nos mirasen. Fuimos a ver un lago que era tan feo que ya ni me acuerdo del nombre y luego subimos hasta la World Peace Stupa.



El camino de ascenso era una matriz arenosa embarrada con rocas gigantes esparcidas por doquier. Gracias a la magia de las motos asiáticas logramos llegar hasta la cima, e incluso bajar sin muchos contratiempos.



Acabamos devolviendo la moto un poco antes de lo esperado ya que hacía tanto calor y el aire estaba tan lleno de mierda que no estábamos nada cómodos. La película de aceite quemado y gasolina que se había creado sobre nuestra piel era mucho mayor que la de Bali, menudo asco.

Acabamos el día haciendo las últimas gestiones para nuestra siguiente aventura, un safari por el parque nacional de Chitwan.


Enrique & Marina
English version


RECHARGING BATTERIES IN POKHARA



It was so good in Pokhara. It was hot but the sun and the rain will alternate each other. Our hotel was confortable and had the perfect location within the touristic district, five minutes far from the waterfront but slightly hidden in a side street far enough from the main road. There were some mosquitoes but they weren’t too bad and there were lots of nice places to eat and their food was so good and they were way cheaper than in Kathmandu. If that wasn’t enough, we could watch the Eurocup life in almost all these restaurants.



The day after our arrival was spent sitting in the comfy couches of a cafe that looked like any of the fancy ones we could find in the coasts of Ibiza or Bali. We felt seriously tempted to spend the rest of our holidays right there, but that idea was discarded quite soon. Stefan and Enrique went to the barber. Enrique’s teen beard was due a shave pretty much since day 3 to my liking. And Stefan got a “short” haircut after struggling to choose among the styles available at that shop: “short or very short”. I felt tempted myself to get my legs waxed but I was too scared of getting them burnt for the same price.



Once looking presentable again, we wandered around Lakeside for hours and hours, window shopped in every single crafts, books and maps stores. Then, we found our favourite shop. Those who’ve been following this blog a bit may know that we’re talking about a supermarket.


It totally felt like we were in a different planet or at least another region of the planet where the person who selects the products has no sense of shame and does not care whatsoever about import costs. 



We found cans of the world famous energy drink “Red Ball” whose logo is (any guess?) a red ball with a red bull at each side. Do not confuse it with the probably not so energetic Austrian drink Red Bull although both do give you wings.


We also learnt how Coca-Cola is spelled in Nepali, but we didn’t know how to pronounce it anyway. That is, though, one of those words that you can get tattooed in your lower back and tell people that it’s the meaning of life written in sanskrit because they’ll definitively believe you. 


Then, there was the chips section, which is generally one of the funniest at any supermarket because although the brands are the same in pretty much every country (basically Lays and Pringles) the flavours change.


So, in Nepal Lays taste like “Magic Massala”, “American Style Cream and Onion” and, our favourite, the Spanish inspired. One sees Spanish in a bag of chips and thinks it’ll have ham flavour and will have a picture of a flamenco dancer, am I right? Well, according to the Nepali, it’s not ham but tomato the product that should be identified with Spain (that’s not really wrong) and the dance of the country shouldn’t be flamenco but tango (now this is completely wrong). So those chips had a tomato and an olive oil bottle wearing a black tie printed in the packaging and were called “Spanish Tomato Tango”, ¡Olé!. 

And what’s after chips? Cookies. It’s common marketing knowledge to locate the high sugar content foods right next to the high sodium content products. This way it saves lots of walking to the customers that care the most about their diet. We didn’t check, but probably Diet Coke is also next to those two sections.


Back to the point, in the biscuits section we found something we haven’t seen in the last four years when traveling in Australia, New Zealand, the Philippines, Indonesia or Tonga. We found chocolate cream biscuit sandwiches. Such a common product in Spain can’t be found anywhere else except now Nepal. Don’t you dare to mention Oreo cookies because they’re not the same at all. I nearly forgot to say that they’re Enrique’s favourite biscuits so he bought one packet (they weren’t cheap) and kept it as if it was gold the whole way back home (that is Glenorchy) where he eventually ate them. I think I managed to taste one or two. 


That supermarket had plenty more other Spanish delicacies like Fragatta pitted black olives and Borges red wine vinegar. We have photos of all this but they’re all blurry, possibly because we were shaking in excitement when taking them. We tried to find Narnia’s door or some other inter-dimensional device that would take us to the back door of our hometown supermarket. 



Last but not least, we checked out the personal hygiene section, which is usually pretty interesting too as the essences of soaps tend to change between countries. However, that was not the case in Nepal and nothing caught our attention. Nothing until we got to the toothpaste shelves (which are normally boring) and found “ZACT smokers” specially formulated for smokers, a paste that cleans 60% further than the regular ones and leaves their mouths smelling like fresh mint instead of cold overflowing ashtray. 



This last discovery left us satisfied enough and we left the supermarket. Yes, we did pay for the chocolate cookies. Actually, that’s when we found out that Nepal also has coins and not only bills. 


We made our way to the hotel (where we had to rush to hide the precious biscuits from any bad guys) walking along the lake shores where there’re lots of lovely bars and restaurants. And among them one terrace sponsored by Rothmans, self-described as: “the best tobacco money can buy”. 


A couple of days were more than enough to do all window shopping and coffee drinking we needed for the holidays. We started the action again renting a couple of motorbikes to explore around Pokhara. It wasn’t expensive, for 600 Rs you can have one for the full day helmet included, but they’d warn you that there’s no insurance because they’re ilegal. Apparently private vehicles have red number plates while public/renting bikes or cars should have it white. Therefore, the bikes came with a little book for the fines in case the police catches you (somehow the fine is for the vehicle and not for the driver, in Nepal) and it’s agreed with the shop that you’d have to pay the fine if you’re caught. Now you’re wondering why we didn’t use a registered company. Well, because there aren’t really. We did not see even one scooter with white plates and the only motorbikes which carried the right type were a couple of luxury Royal Enfields we saw touring on the road. 


Anyhow, we rode up and down Pokhara’s outskirts, got lost several times (maps are literally unavailable) and past in front of several policemen who not even looked at us. We visited the nearby Begnas Lake which didn’t impress us much, the highlight of the ride was eating a fried pastry snack served on the side of the road. 



Later in the afternoon we went to the World Peace Stupa. The little track leading there was a narrow steep muddy stoney windy road. However, Asian motorbikes must have some sort of superpowers and we made it to the top and back with not too much trouble. 


After that and a little urban ride, we gave the bikes back to the shop a bit earlier because it was so hot and the air was so dirty that we were starting to feel sick. The layer of burnt oil, petrol and sweat covering our bodies was even thicker than what we got in Bali. Yuuuuk. 


And the rest of the day was spent organising our next little adventure in the National Park of Chitwan, in the Nepali jungle. 



Enrique & Marina