lunes, 20 de octubre de 2014

EL HUERTO

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En nuestra visita a Salamanca el pasado junio Marina pudo ver los huertos que hay rodeando Villar de Argañán. Todos bien ordenaditos y llenos de verduras. Y como a ella el orden y las verduras le encantan, la idea de empezar un pequeño huerto aquí en Glenorchy tuvo el empujoncito final que necesitaba.






Ya en abril desbrozó la parcela de veintiún metros cuadrados que el antiguo Chef de Blanket Bay utilizaba como huerto personal. Es un pequeño terreno que tiene tierra bastante buena y que ha estado descansando durante los últimos tres años.



Una vez desbrozado lo cubrió todo con cartones y, aquí ya empecé a echarle una mano, pusimos una capa de excrementos de caballo cubriéndolo todo. En realidad lo hicimos en dos mitades, la mitad de Marina era tierra-cartones-caca-pinaza mientras que la mía era tierra-caca-cartones.



Hace un mes más o menos quitamos los cartones y removimos la tierra, a la que tuvimos que echar tres kilos de cal viva porque el suelo de Glenorchy es muy ácido, y la pinaza lo había acidificado aún más. En esas estábamos que en Blanket Bay se enteraron del proyecto, y empezó a llover la ayuda. Conseguimos que Per, el jardinero, fuese a casa de Brent, el nuevo director, a coger tierra con una excavadora y un tráiler y traérnosla a casa. Esta tierra proviene de una explotación ovejera y es básicamente la mezcla de tierra con sesenta años de excrementos de ovejas. No hay tierra mejor. Rico, rico.




Una vez tuvimos todo en su sitio, lo removimos todo y lo dejamos reposando hasta que sea época de siembra (aquí a mediados de noviembre), pero como no tenemos paciencia nos compramos un pequeño invernadero.





Lo hemos instalado en el porche de nuestra casa y en él ya tenemos creciendo un montón de lechugas, acelgas, ajos tiernos, albahaca, perejil y en breves plantaremos pepinos, pimientos, melones, sandías, remolachas, zanahorias… En cuanto al elemento más importante de la cocina tradicional catalana, el tomate, tenemos veinticinco tomateras creciendo en la habitación más soleada de la casa.







El siguiente paso es construir una valla rodeando al huerto que evite la entrada de conejos, liebres y possums y empezar a replantar lo que ya tenemos creciendo en el invernadero. ¿Conseguiremos tener melones? ¿Sobrevivirán las tomateras? ¿Se comerán los conejos las lechugas? Las respuestas a todas estas preguntas vendrán entre enero y febrero.

Enrique & Marina
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OUR VEGGIE PATCH



In our last visit to Salamanca, my grandparents’ city back in Spain, Marina could see all the orchards that are surrounding my childhood’s villaje. They are all very well organized and full of super healthy vegetables. She loves order/organization and vegetables so the idea that had been brewing inside her head about starting a veggie patch in our staff houses reached the boiling temperature.






Already in April she had cleared the 21 square meters patch that the old Executive Chef of Blanket Bay had in our garden to grow some vegetables. It is a small area full of good soil that has been resting for the last four years, so it should be full of nutrients.



Once the patch was cleared she put a layer of cardboard covering the soil and then a layer of horse manure. Here is when I started giving her a hand. One half of the veggie garden was soil-cardboard-horse poo-pine needles whereas the other one was soil-horse poo-cardboard.



A month ago we got rid of the cardboard and moved the soil and horse manure so we had a uniform mixture. We had to add 3 kg of lime in order to lower the acidity levels of the soil. Just in this moment, people at Blanket Bay found out about Marina’s project and helping hands began to come. Matt allowed us to use the working ute and a trailer, Brent let us get top soil from his place (ship droppings from the last 60 years, can you think of anything better?), and Per came with the loader so we didn’t have to shovel it to the trailer. He delivered one full trailer of extremely rich top soil to our doorstep.




Now was our turn of shoveling it to the veggie patch, mix it with the soil and horse manure that was already there and let it rest until planting time (mid november). But we are not very patient so we bought a small greenhouse that we put in the deck of our house.





We have already growing some lettuces, silverbeet, chives, parsley, basil and son we’ll plant zucchini, melón, watermelon, beetroot, carrots… And we are also using the sunniest room of the house to grow tomatoes: we have 25 tomato plants growing there.







The next step will be building a fence to avoid rabbits and possums have a feast in the veggie patch once we start planting everything there. Will we be able to grow melons? Will all the tomato plants survive? Will the lettuces be eaten by the rabbits? We’ll answer this questions, but not until next January!

Enrique & Marina

sábado, 27 de septiembre de 2014

SENDERISMO EN LA ZONA DE QUEENSTOWN: GIBBSTON VALLEY

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La semana pasada estuvimos haciendo “housesitting” en Arrowtown. Esto es como cuando la típica familia española se va de vacaciones al pueblo y le pide a la vecina, sobrina o cuñada que le riegue las plantas y le recoja el correo. Pues aquí, incluso estando tan lejos de España, se hace lo mismo, con una salvedad: aquí te ofrecen quedarte a vivir en la casa hasta que los dueños vuelvan.



Mientras estuvimos en Arrowtown hubo un par de tormentas solares que generaron lo que aquí se conoce como “luces del sur” o Aurora Austral. Coincidió con tiempo nublado y lluvias así que no pudimos ver los famosos haces de luz verdosa pintando el cielo nocturno, pero algo sí que pudimos intuir una noche que clareó. Más o menos sobre la una de la madrugada y mirando hacia el sur las estrellas hacían cosas raras: brillaban más de lo habitual y daba la sensación de estar mirándolas a través de un cristal mojado. Una vez los ojos se acostumbraron a la oscuridad (había luna nueva) se veían perfectamente algo parecido a olas de claridad blanquecina iluminando tenuemente el cielo, siempre creciendo y “bailando” desde el sur. Hicimos una foto dejando el obturador de la cámara abierto durante sesenta segundos en la cual se puede ver la Aurora Austral de color rojo. De todas maneras la calidad de la foto es tan mala que no la vamos a poner, os la vais a tener que imaginar.



Arrowtown está situado a orilllas del río Arrow, que discurre por el valle de Gibbston, lugar en el que están ubicados la mayoría de los viñedos y bodegas de la zona. Estamos en La Rioja de Nueva Zelanda, pero sin el calor ni los espárragos. Gibbston Valley es famoso por la variedad de uvas Pinot Noir, las favoritas del personaje de Paul Giamatti en “Entre copas”.



Esta vez, en lugar de ir de excursión caminado, fuimos en bicicleta, gentileza de Karen, la dueña de la casa en la que hemos estado. El recorrido que hicimos empieza en Arrowtown, pueblo que nació alrededor de un asentamiento de mineros chinos, y serpentea siguiendo el río y enlazando los viñedos del valle en un camino de unos veinte kilómetros de ida y lo que parecen cien de vuelta (la vuelta es subida).



El camino está bien cuidado y tan mal indicado que asusta. Se cruzan unos cuantos puentes colgantes hasta llegar al puente Kawarau, lugar del primer salto “puenting” de la historia.



Una vez cruzado el famoso puente el camino lleva hacia las bodegas de Gibbston Valley, Valli, Waitiri Creek y Peregrine entre otras. En esta última, Peregrine, tuvimos una visita guiada por las bodegas (incluso los laboratorios) y cata de vinos que fue muy interesante.



En cuanto a la experiencia haciendo “housesitting”, muy parecida a unas vacaciones; en nuestro caso compartidas con un gato que cazó dos conejos. Imaginaros al gato.

Enrique & Marina
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HIKING AROUND QUEENSTOWN: GIBBSTON VALLEY



We spent last week housesitting in Arrowtown. We were like the charming neighbor that looks after your plats when you go on holidays, but we lived in the house we were looking after. Nice deal!



During our stay down in Arrowtown there were two solar storms that managed to generate the Southern Lights or Aurora Australis. Unfortunately the sky was quite overcasted during those nights so we couldn’t see them. Until one night that was clear. We saw the stars behaving quite strange up in the sky. Waves of white light were flowing in the South, but they were very weak. We decide to take a picture with a sixty seconds exposure and voilà! The southern lights were in our camera. The quality of the picture is so bad that we won’t post it here though, you’ll have to believe our story.



Arrowtown is located in the shores of the Arrow river, that flows through the Gibbston Valley, where most of the vineyards and wineries of the region are. This area of New Zealand is famous for the Pinot Noir, favourite variety of Paul Giamatti’s character in “Sideways”.



This time, isntead of walking, we went cicling. Thanks to Karen, our friend and owner of the house where we were staying. The track that we did was from Arrowtown to the wineries in Gibbston Valley, following the Arrow River. It’s about twenty kilometers each way.



The path is well looked after but terribly signposted. You have to cross a few hanging bridges until you get to the famous Kawarau Bridge, where the first bungy jump took place years ago.



Once you cross this famous bridge, the paths guides you to the wineries: Gibbston Valley, Valli, Waitiri Creek and Peregrine, among others. There in Peregrine, we had the opportunity to do a wine tasting a guided visit to the winery and the laboratories. It was very interesting.



Regarding our housesitting experience, it was like having some holidays. We shared them with Soxie, a rabbit-hunter cat. Can you imagine this cat?

Enrique & Marina

domingo, 24 de agosto de 2014

SENDERISMO EN LA ZONA DE QUEENSTOWN: BEN LOMOND TRACK

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Queenstown, la segunda ciudad más poblada de Otago (<15000 habitantes) después de Dunedin, se encuentra únicamente a 45 km de Glenorchy. Ambas poblaciones se encuentran unidas por la Glenorchy Road, considerada por la Humanidad entera como una de las carreteras más bonitas del Mundo.



A Queenstown vamos a cenar de vez en cuando con Joan i Èlia, vamos a nadar a la piscina de Frankton y vamos, sobre todo, a hacer la compra cada dos o tres semanas. Es nuestra metrópolis aquí en los Alpes neozelandeses.



Gran parte del día Queenstown está a la sombra de una montaña de 1748 metros, el Ben Lomond. ¿Subimos?



Después de dos días de intensas nevadas por todo el sur de Nueva Zelanda (eso nos incluye) tuvo lugar una feliz coincidencia: día soleado con día de descanso para Marina, Joan, Èlia y yo. A la expedición se unió Laia, recién llegada desde Gavà con la intención de estar por aquí un mesecito. Nueva Zelanda le dio una buena bienvenida.



Para ascender al Ben Lomond primero hay que subir al Montjuïc de Queenstown, popularmente conocido como la Góndola porque tiene un teleférico al que aquí se refieren como góndola.



El camino hasta la cima es a través de un bosque de pinos malignos (especie invasora) por el que transcurren circuitos de descenso para bicicletas que se cruzan constantemente con el camino para peatones reacios a pagar treinta dólares por utilizar el telehuevo. Caminando se tardan unos tres cuartos de hora en llegar hasta arriba. Desde la cima de la Góndola se disfrutan unas de las mejores vistas de la bahía de Queenstown.



Una vez hechas las decenas de fotos de rigor nos dimos la vuelta y nos dirigimos hacia el objetivo del día, que es la montaña que se ve detrás de Marina en la foto superior. El Pedraforca de Nueva Zelanda.




Salimos del bosque de pinos invasores diabólicos y caminamos por la ladera de la Góndola durante un buen rato sintiendo de vez en cuando un fuerte olor a Orco de Mordor. Eran cabras montesas que no han conocido una ducha en su vida pero teníamos tanto frío que no quisimos pararnos a hacerles un fotolibro.




Afortunadamente nuestro camino se cruzó con el del Sol (estaríamos juntos hasta el descenso) por lo que pudimos pararnos de vez en cuando a mirar el paisaje que íbamos dejando atrás: el lago Wakatipu y los Alpes recién nevados.



La verdad es que el avance se hacía bastante complicado por momentos ya que no podíamos dar dos pasos seguidos sin sentir la necesidad de pararnos a hacer fotos. ¡Así no hay quien suba montañas! Pero es que claro, imaginaos que en una de estas ocasiones no nos paramos pensando que el paisaje seguirá estando ahí todo el día y luego resulta que se pone a diluviar. Porque hay que tener presente que en la montaña el tiempo puede cambiar increíblemente rápido.




Y de este modo fuimos avanzando hasta que llegamos al cuello en el que a la derecha teníamos el Mount Bowen y a la izquierda el Ben Lomond.



En este momento nos paramos porque, la foto superior es buena prueba de ello, había que mentalizarse para subir. Porque el camino se las traía.





Afortunadamente en el Departamento de Conservación son conscientes de la labor de mentalización que uno tiene que llevar a cabo antes de subir así que han puesto un banco para que por lo menos puedas hacerla sentado. Este debe ser uno de los mejores bancos del Mundo. Es sorprendente que Matías Prats no lo anuncie.




Así que con la certeza de que las vistas desde la cima del Ben Lomond debían ser espectaculares nos encaminamos hacia allá, con paso firme, lento pero seguro. Esencialmente lento. Lo vamos a dejar en decidido.





Había mucha nieve, constantemente a la altura de los gemelos y en ocasiones hasta la cintura, pero no nos rendimos. Mantuvimos nuestro ritmo machacón serpenteando por la falda de la montaña.






Una buena parte del camino de aproximación se hace por lo que sería la cresta de la montaña por lo que si mirábamos hacia la derecha veíamos un mar infinito de montañas nevadas y si mirábamos hacia la izquierda veíamos las famosas Remarkables y el lago Wakatipu.






Si mirábamos hacia delante lo veíamos todo blanco porque la subida era muy empinada, tanto que casi tocábamos la nieve con la nariz al avanzar.







Y conseguimos llegar a la cima donde hacía un viento endiablado y un frío del carajo, además de un Sol estupendo que nos permitió disfrutar de unas vistas increíbles durante un par de minutos, porque ahí no había quien se tomase las croquetas y los buñuelos de bacalao que llevábamos en la mochila.




Sí, llevábamos croquetas y buñuelos de bacalao porque Marina colaboró en la reunión anual de la asociación “Rural Women of New Zealand” confeccionando un delicioso y completísimo menú “Spanish Feast” de comida típica de casa que ya explicaremos con más detalle más adelante.

Enrique & Marina
TRAMPING AROUND QUEENSTOWN: BEN LOMOND TRACK



Queenstown is the second largest city in Otago (with over 15000 people) after Dunedin and it is only 45 km far from where we live in Glenorchy. These two places are connected by the Glenorchy Road, which is considered one of the most beautiful drives in the World.



We sometimes go to Queenstown to have dinner with Joan and Elia, to swim in the Frankton swimming pool but, overall, we go grocery shopping every two or three weeks. Queenstown is the little metropolis of the Southern Alps.



The city is most of the day on the shade of a 1748m high mountain called Ben Lomond. Shall we climb it?



After two days of heavy snowing in the South of New Zealand (this obviously includes us) a happy coincidence took place: stunning sunny day, day off for Enrique, Joan, Elia and myself. Laia, a new arrival from Catalonia who will spend a month exploring the country, joined the expedition and New Zealand welcomed her in a pretty good way!



To get to Ben Lomond we first had to walk up to the Gondola which is the quintessential scenic lookout of the city and you can reach using the aerial cable-car or gondola.



The walk up to the lookout runs through a pine forest (a foreign three as we have said in previous posts) and crosses a network of downhill-mountain-bike tracks. Thus pedestrians should be aware of the riders when crossing their lanes, as these guys go down really fast. The ticket for the gondola costs thirty dollars up and down and from the top you can enjoy the best views of the Queenstown bay you can see from the city. Besides the views there is a café, a restaurant and a luge circuit.



After taking dozens of pictures from the viewing deck, we turned our backs to the nice sights and kept going to the mountain target of the day which is the peak behind me in the picture above.




We got out of the pine forest and walked on the shady hillside of the mountain where the Gondola is. Sometimes we felt a strong smell of Mordor orc. That wasn’t orcs but filthy wild goats but we were getting cold walking in the shade so we didn’t stop to make a photobook of them.




Luckily, the Sun came to lighten our way and stayed with us most of the track making our photo stops more pleasant. Then, we could take pictures not only of the sight we had in front but also of the views we left at our backs, this is the lake Wakatipu and the Southern Alps covered in fresh snow.



However, walking forward became more challenging every minute as it was very difficult to step ahead and beat the temptation to stop again to take more pictures. This is not a serious way to climb peaks! But, you have to understand, if we don’t stop thinking that this view will be there forever I’m sure the next minute it’ll start raining (or snowing) so we not only would miss the pictures but also we’d have to abort the expedition. As responsible half-kiwis, we always keep in mind that weather conditions may change any time in the mountains.




So, in this way we got to the saddle that breaks the track in two: right towards Mount Bowen and left to Ben Lomond.



Here we definitively had to stop because, as you can see in the picture at the top, we had to get our minds ready to start walking the track.





We want to publicly acknowledge the kindness of the Department of Conservation that, aware of this need of trampers to get themselves ready, has installed a wonderful bench to do so while sitting down. This might be in the top ten of Best Benches of the World list, if there’s such thing.




After that and with the feeling that the views from the top will be worth the effort, we resumed our way steadily, slowly but confidently. Particularly slowly, though.





There was a lot of snow, most of the time up to our calves but sometimes up to our waists, but that wouldn’t make us give up. We kept our confident although slow movement winding on the slope of the mountain.






The last part of the track runs through the ridge of the mountain providing the climber with spectacular views of both sides of the mountain. Overlooking North, we saw a massive sea of snowy mountains including Coronet Peak, Mount Dewar and the Moke Lake upper in the climb; on the Southern side, the Remarkables and the Lake Wakatipu.






Looking ahead we could only see white because the slope was very steep, so steep that our noses almost touched the snow while moving forward.







But finally we got to the summit where the extremely cold wind coming from Mordor almost blew our wigs. Fortunately, the Sun was shining and we could enjoy the breathtaking views we’d been promised, but only for two minutes as the summit wasn’t the place to sit down for the picnic of croquetas and mackarel fritters we had in our backpacks.




We’re serious about having a picnic consisting on these Spanish delicatessens. I helped the Rural Women Association of Glenorchy thematize their annual assembly, so they had a complete and delicious Spanish Feast after the meeting. But we’ll tell more about it some other time.

Enrique & Marina