sábado, 22 de agosto de 2015

EL NIDO



Abandonamos Sabang en el Jeepney local rumbo a “the Junction” donde debíamos coger el autobús hacia El Nido. Este viaje era más largo en distancia que el de Puerto Princesa a Sabang, pero más corto en tiempo ya que esta vez no cogimos el bus “lento”.





Y llegamos a El Nido y entendimos el por qué del nombre. El Nido se encuentra en una pequeña bahía rodeada de montañas rocosas que se alzan verticales como Montserrat y que rodean al pueblo a modo de muralla, haciendo que la playa en la que nace el pueblo parezca el hueco perfecto para anidar.



El Nido lo puso en el mapa Jacques Cousteau al definirlo como la zona más impresionante en la que había hecho submarinismo, y eso es decir mucho (Cousteau, entre otras cosas fue uno de los dos inventores del Aqualung, el sistema moderno utilizado para hacer submarinismo).



A pesar de estar en temporada baja, encontrar alojamiento no fue fácil ya que El Nido es Lloret de Mar. Había pensiones o guesthouses donde no tenían suficiente personal por lo que ponían el cartel de “no hay camas” a pesar de tenerlas libres, otras te decían precios desorbitados para que se te quitasen las ganas de quedarte… en fin. Al final encontramos una habitación en la calle principal a un precio razonable para la zona.



En El Nido hay dos cosas que hacer: submarinismo y los Tours de “island hoping” (navegar de isla en isla) llamados A, B, C y D. En todas las tiendas y locales te venden los mismos cuatro tours, con las mismas condiciones y los mismos precios (por supuesto siempre se puede rebajar un poco si lo organizas desde tu alojamiento).





Nosotros optamos por hacer el Tour A, que tiene las típicas “laguna secreta”, “lago escondido”, “playa desierta” y demás memeces que tanto nos gustan a los guiris.




Como esperábamos fue una turistada. Nos llevaron en bangka a diferentes islotes donde tenían montados diversos tinglados: bares con cocos, bares sin cocos, bares con hamacas, lagos llenos de medusas hasta los que había que llegar nadando o alquilando un kayak… lo típico. La comida en la bangka buenísima, eso sí. Es impresionante lo que pueden llegar a cocinar con un camping gas.




Al día siguiente decidimos que lo de hacer el resto de los tours no iba con nosotros, además Marina se había resfriado. Así que optamos por submarinismo. Yo hice submarinismo y Marina vino en la bangka e hizo un poco de buceo con gafas y tubo.



Cuando Jacques Cousteau llegó  por primera vez a esta zona se impresionó por la diversidad, tanto de flora como de fauna, de sus aguas. Actualmente casi todo es coral muerto y hay pocos peces. Los filipinos son muy rápidos cobrando tasas ambientales pero son incapaces de enseñar u obligar a las empresas de tour A, B, C, D o submarinismo que no se deben anclar los barcos a los arrecifes de coral, porque los matas. Todo muy feo, marrón y sucio.




El día antes de irnos de El Nido decidimos alquilar una moto e ir a pasar el día por alguna playa típica filipina algo alejada de la población. El trayecto en moto fue divertido: carreteras de hormigón a medio hacer, barrizales resbaladizos a causa de las lluvias, caminitos de cabras con un palo bloqueándolos donde una niña de 5 años te cobra por mover el palo… Al final condujimos la moto a través de un bosque de mangos hasta llegar a un playa de arena blanca enorme donde no había nadie. Entendimos por qué ben rápido. Las moscas nik-nik. Son como una miniversión de las sandflies que tenemos aquí en Nueva Zelanda, pero más organizadas y suicidas: un par de distraen por el brazo izquierdo mientras centenares de acribillan por el derecho.




Nos dimos el bañito de rigor y nos fuimos pitando hacia la playa más conocida (Duly Beach), que al final resultó ser un acierto. Había gente, locales y turistas, un bar-restaurante y un montón de arena para sentarse y no hacer nada. Casi no había nik-nik así que se estaba muy bien.




Antes de devolver la moto nos fuimos al otro lado de las montañas que rodean El Nido para ver atardecer, desde un pueblecito llamado Las Cabañas.




De El Nido nos fuimos hacia lo que fue la estrella de nuestras tres semanas en Filipinas, Corón, en la isla de Busuanga. Pero esta aventura llegará en la próxima actualización.


Enrique & Marina

jueves, 23 de julio de 2015

PALAWAN: EL RÍO SUBTERRÁNEO

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Abandonamos Manila después de lograr el triplete ganando en Berlín la quinta Champions y fuimos hasta la isla de Palawan, al suroeste de Filipinas. La capital de Palawan es Puerto Princesa, un bonito nombre para una ciudad fea, sucia y ruidosa, como Manila pero más pequeña.



A pesar de tener ciudades feas como Picio, los filipinos tienen un sentido del humor muy fino (fino filipino) y lo demuestran constantemente con hilarantes carteles distribuidos por las calles.



La mayoría tienen un trasfondo religioso, pero también los hay políticos, sociales y alguno que otro inclasificable. Iremos poniendo fotos de estos carteles por las actualizaciones a modo de pequeñas sorpresas, para que nadie se aburra.




En Puerto Princesa confirmamos una de las sospechas que nos había ido rondando la cabeza desde nuestra llegada a Manila: estábamos en un país en vías de desarrollo (siendo generosos) con coste de vida y precios del primer mundo (aquí no hacen precio para locales y precio para turistas).



Caminamos desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad (se tardan 20 minutos, no os penséis que hicimos una caminata El Prat-Barcelona con las mochilas a la espalda) y buscamos alojamiento, en una guesthouse como siempre cuando vamos de mochileros.




Lo más asequible que encontramos fue una habitación-horno (esto es literal, tenían el único ventanuco tapiado con una plancha de acero) oscura y húmeda con un cubo a modo de ducha y un váter por 700 pesos, lo que son unos 15 euros. Este tipo de alojamiento es normal en el sudeste asiático, pero no a este precio. A partir de aquí ya sabíamos a qué bestia nos enfrentábamos en Filipinas.



La principal actividad por la cual es famosa Puerto Princesa es el río subterráneo, una de las nuevas 7maravillas del mundo natural que no está ni siquiera cerca de la ciudad. Para llegar hasta allí se puede contratar un tour donde te llevan en furgoneta con aire acondicionado, te dan de comer y te pasan a buscar y te devuelven a tu alojamiento en Puerto Princesa, o te lo puedes organizar tú a tu aire. Nosotros optamos por la opción Juan Palomo, mucho más entretenida y barata.




Cogimos un triciclo hasta el edificio gubernamental donde hacen los permisos para acceder al parque natural. Una vez hecho esto cogimos un jeepney hasta la estación de autobuses, que para que os hagáis una idea parece un campamento gitano. Una vez allí fuimos asaltados por una marea de conductores de furgonetas con aire acondicionado que te ofrecen el viaje al río subterráneo. Sorprendentemente sólo preguntan una vez, no son pesados. En la estación nos indicaron el autobús que llevaba a Sabang, el pueblo del que salen las bangkas hacia el río subterráneo. El autobús parecía una furgoneta rastafari gigante, estaba lleno hasta los topes (techo incluido) y en lugar de asientos tenía bancos de iglesia dentro. Una vez se llenó de gente nos pusimos en camino. Teníamos por delante 80 km.



Tardamos algo más de seis horas en recorrerlos. El autobús paró cada cinco minutos para descargar bidones de gasolina o agua, gallinas, sacos de arroz, gente… La verdad es que fue muy entretenido ver el trajín de los maleteros y porteadores; espectaculares todos, incluso bajo la lluvia torrencial que nos pilló a medio camino (uno de los maleteros viajaba en el techo con los bultos).

En las paradas “de descanso” se acercaban vendedores ambulantes a las ventanas del bus y ofrecían huevos hervidos (de codorniz o de gallina) con un poquito de sal, helados de color lila servidos en pan o en cucuruchos de galleta, bebidas energéticas, toallas para el sudor y demás. Todos muy pacientes y educados, sin insistir demasiado (no preguntaban dos veces) y siempre sonriendo.



Al final, con el culo cuadrado, logramos llegar a Sabang. Allí nos alojamos en Blue Bamboo Cottages, donde la dueña nos cuidó fenomenal. Nos dio mangos recogidos de los bosques colindantes (mejores mangos del mundo, de hecho Palawan es conocida como la isla de los mangos), papayas, arroz a mansalva… debió vernos delgados.



Al día siguiente a nuestra aventura autobusera fuimos a hacer la excursión al río subterráneo. Al ir por libre tuvimos que ir a pagar la tasa ambiental (una tomadura de pelo porque con ella no hacen nada) y a mendigar amigos para conseguir llenar una bangka. Nosotros queríamos ir caminando por el bosque pero para hacer eso hace falta contratar un guía y la entrada cuesta tres veces más que el barco. No tiene ningún sentido pero es así.



La visita a las cuevas la tienen muy bien montada. Paseas en barca con un guía explicándote un poco la historia geológica de la cueva y diciéndote los nombres con los que han bautizado a las formaciones rocosas (el huevo frito, el caballo, María y José. Lo típico). La cueva está, además, llena de murciélagos que pasaban volando a centímetros de nuestras cabezas. Puede ser patrimonio de la UNESCO y tal, pero es como las Coves del Drach de Mallorca.




De Sabang nos fuimos, también a nuestro aire, hacia El Nido, pero esto llegará con la próxima actualización.

Enrique & Marina

English version


PALAWAN: THE UNDERGROUND RIVER






We left Manila after our team (FC Barcelona if anyone is still unsure) won the third cup this year including our fifth Campions League after a victory in front of Juventus that took place in Berlin. We left to go to Palawan, an island in the southeast of the Philippines. Puerto Princesa is its capital and despite its classy name it’s an ugly city, noisy and untidy, pretty much like Manila but smaller.



Although Philippine cities tend not to be very pleasant to your eyes, the Philippine people have a subtle sense of humour clearly shown in the hilarious signs spread in the streets.



Most of them have some sort of religious message behind but some others are political, social or just out of any category. We’ll post the best ones in the next updates as little surprises to keep you well entertained.




In Puerto Princesa we could finally back up the theory that we had been developing since arriving in Manila: we were in a developing country that has good and service prices from a developed country (there aren’t “local” and “foreigner” prices, everything’s expensive).



We walked from the airport to the city proper (it’s only about 20 minutes, we didn’t walk a marathon carrying our backpacks) and looked for accommodation, particularly in a guesthouse like we normally do when we go “travelling”. 




The most affordable (I don’t even dare to say cheap) place we found was an oven-shoe box sized room which was dark (that’s literal, the only window had been blocked with an iron sheet) and wet, with a bucket and a tap as the only shower and a toilet. All these “just” for 700 Php (pesos) which is about 21 NZD. This kind of accommodation could be considered average or maybe just below in lots of places in Asia but not for this price. Honestly, I have been in better western hostels for less than that. From then on, we knew what we’d have to be dealing with in the Philippines. 


The main activity that puts Puerto Princesa on the map is its underground river, which is considered one of the new 7 Wonders of Nature, but it’s not even close to the city proper. To get there you should either book a tour with someone who will drive you there in a A/C van, feed you, arrange your visit to the cave and then drop you back off at your hotel in Puerto Princesa or you can organize your own trip. We obviously chose the second option, way more exciting and cheaper. 





We started taking a tricycle to the public building where they issue the permits to access the Natural Park where the river is. After that we took a jeepney to the bus station, that looks more like a gipsy camp as it’s also a public market. There,  with our noticeable pale faces (Enrique’s was getting a bit of a tan but mine stayed library-white color all the time) we attracted an army of A/C van drivers offering us rides to the river. As opposed to some other places where we’ve been, these guys were really polite and not pushy at all, saying no once was enough for them. These same people and other locals gave us some not particularly clear directions to find the place where the bus going to Sabang (the hub to get to the underground river) would depart from and somehow we managed to find it. The bus looked more like an oversized Rastafari van, was loaded up to the roof (literally) and instead of seats it had iron benches. Once everyone was there, we started our 80 km drive to Sabang.



It took us more than six hours to get there. The bus stopped about every five minutes to unload petrol cans or little water tanks or hens or rice bags or people. It was certainly interesting to see the show that the porters performed, they’re true superstars of their trade. Even under the pouring rain they keep loading and unloading stuff (one of them travelled on the roof), they know where all the parcels are and where they need to be delivered.

We did a few so called “comfort” stops on the way. Then, street traders would approach the bus windows to offer boiled eggs (quail or hen size) that came in a little plastic bag with some salt at the bottom, purple ice cream served in a cone or in a bread bun, energy drinks, little towels to wash your sweat off and many other wonders. All of them were very patient and polite, they would never ask twice and always had a smile in their face. 




Finally, with our butts as flats as ironing boards, we got to Sabang. There, we stayed at Blue Bamboo Cottages, where we felt exceptionally welcome by our host. She also owns some land in the forest and she gave us some of her mangoes (the best we’ve ever tasted, actually Palawan is well-known for the quality of their mangoes), paw-paw, rice… Maybe we looked too skinny. 



The day after the bus trip, we visited the famous underground river. We first had to pay an environmental fee (which is a total scam because you won’t see any work done with it) and then go hat in hand for some friends to fill a bangka (the traditional Philippine boat). Our original intention was to get there walking a track along the jungle but to do that we had to pay for a guide and their fee is three times the boat ride, no matter how many people you are it’s more expensive. It doen’t make any sense, but it is like that now, we asked everywhere. 



We have to say that the river tour it’s really well organized. You go with a few others in a little paddle boat with your guide telling you about the history of the place and pointing some interesting formations that looked like animals or objects (a fried egg, a horse, a Nativitiy… the typical). Also, there’re thousands of bats living in this gallery and they fly over your heads just a few centimetres above. The visit is short but nice and the cave belongs to UNESCO heritage however it’s pretty much the same as the Caves of the Drach in Majorca. 




After our time in Sabang, where we didn’t do much more a part from going to the cave and some snorkelling, we went by our own means again to El Nido, but we’ll tell you about that on our next post.


Enrique & Marina